Y te das cuenta que lo esperas de los demás, para casi todo, aunque sea con un gesto, una mirada o un suspiro. Su permiso , su aprobación, tu “no te enfades”, tu … ¿puedo? De uno, de muchos, y el peor de todos, el tuyo mismo.

Y no es cierto.

Tan profundo fue, tan temprano fue, que te enseñaron que para vivir hace falta permiso.

Que la libertad podía ser concedida o no, según convenía, en un orden vertical infinito donde arriba del todo, la última elección venía de un Dios, o muchos, los hacedores de todo y por tanto, los o del que necesitas su concedido permiso.

Aprendimos que vivir era una constante elección entre el pecado y el orden diseñado. Y por eso, “pecar” era divertido.

Que era necesario que las personas fueran obedientes, predecibles, disciplinadas, sacrificadas y abnegadas para construir fábricas, morar en ellas, morir en el frente, gritar en la grada, pasear por la acera, enaltecer una bandera y construir más de “nosotros”.

Que obedecemos en un mundo casi engañado, de libertad disfrazada, de felicidad dibujada, de calendario en la pared con los años marcados para jugar, para amar, para procrear, para ser apartados y para morir.

Y no era cierto.

Que la prisión que nos construyeron dentro, con un sólo preso que a la vez carcelero. Tu con un traje de rayas y un rincón en la sombra donde no se molesta y se cumple lo aprendido, siendo obediente a uno mismo, sobre los permisos que en realidad no se requieren..

Con tu uniforme de guardia que te grita, te golpea, te quita y te da miedo. Era para que mores en un mundo donde para vivir, levantas la mirada buscando consentimieto, aprobación. Tu propio permiso aprendido.

Que cuanto cuesta encontrar la salida de ese lugar de paredes de acero, que separan el infierno temido y el paraíso prometido.

Que cuanto cuesta dar un paso fuera del mundo sin permisos, olvidar tus castigos, abandonar tu lugar de la fila, no levantar la mirada soetida y conseguir…vivir sin permiso.