Llegó el solsticio, lo llaman verano.
Como cada año, implacable, el sol, estirará los días y con ello, tu tiempo, tu piel, tu cuerpo, tu mano.

Piensas en el momento en que cruzas la frontera entre el aire y el agua.
Que por orden abres las alas y vuelas, quizás desde la suave arena, o desde una roca escarpada.
Ese instante, que llega con un silencioso estruendo, que te envuelve en minúsculas burbujas, en ese mundo nuevo donde tu piel se estremece hasta el último poro, porque del sol ya no entiende y del mar, quizás aún recuerde la sal, el aroma, el sabor y en el fondo un tesoro.

Pensarás en helados de mil sabores, protagonistas de un paseo, que del día alargado, quizás de una mano, solo pienses en lo que sientes , en ese momento, en ese instante por el sol reservado.

Noches cortas, sudor en el cuello, el placer en tu cintura, que con risas se alzan al viento, que la noche solo mira, con ojos de luna y en supuesto secreto.

Llegó el solsticio, del que ya no queda en ningún recuerdo, de su magia, del fuego, del embrujo de la dama, para que bailara invocando a que se lanzaran al fuego los deseos que limpiarán sus almas y sus cuerpos.
Quizás esta vez sea diferente, debiera serlo , de ti depende.

A mi me encontrarás en la hora amable, cuando llega el crepúsculo, escondido del calor abrasador, en esa hora, recuerdas, de los cuentos, de la música, de las luces pequeñas y de la casa sin techo.

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