Con la cabeza apoyada en el cristal de aquel vagón, mantenía la mirada perdida en el mundo que pasaba deprisa al otro lado, a ella le pasaba lo mismo, su vida pasaba rápido ante sus ojos, sin casi darse cuenta de nada, sin tiempo para mirar con detenimiento un árbol, un niño, una plaza, el cielo…

Por eso le gustaba llegar, a donde fuera, pero llegar, era como si el tiempo se detuviese y sentía la sensación de que se le otorgaba ese momento para mirar, oler, saborear las cosas pequeñas.

Sin embargo, tenia que seguir caminando y no llegar tarde a aquel restaurante, ponerse su ropa de trabajo y su cara de sonreír.

Desde una esquina miraba las mesas y la gente que las ocupaba, miraba un fragmento de sus vidas y las encajaba en una historia imaginaria. Aunque tampoco tenía demasiado tiempo para embobarse, su jefa no entendía de sus asuntos, solo que el cliente estuviera bien atendido, sus platos y copas llenos casi tanto como la caja que reinaba sobre la barra.

Al final… un comedor vacío, las mesas limpias, un silencio cargado de ecos del bullicio que cada día a las mismas horas allí se encontraba.

Con la oscuridad de compañera y ya con su ropa y su cara, volvía a la estación de vuelta a aquella casa cerca del bosque que se había salvado del asfalto y del ladrillo. Y que ella había escogido buscando silencio

Llegó a la estación, sacó su billete. Salió al andén y miró su teléfono mudo con la esperanza de no haberlo oído. Aunque sabía que nadie iba a marcar su número tenía la esperanza de que sonara.

Pensó en lo que tenía que comprar para llenar su nevera, que película ver para llenar su cabeza y quizás algo que comprarse para llenar su armario, sin embargo, nada de eso le importaba.

De golpe alguien , se puso a su lado y le preguntó :

–          ¿A dónde vas?

Aquella misma voz, le hacia la misma pregunta una vez más, como tantas veces le habia hecho antes de romperle la cara.

Ella no alzó la cabeza, no corrió, ni pidió ayuda, su mano simplemente dejó caer su billete, y se sintió morir, por muy lejos que había llegado, la volvió a encontrar…

Él volvió a preguntar, y ante ella se le mostró una salida, solo tenia que dar un paso en el momento preciso y todo acabaría definitivamente.

No le importó que le agarrara del brazo, ni que la sacudiera diciéndole que le contestara. Solo pensaba en ese paso.

El jefe de estación salió al anden, para recibir al tren… aquel tren que la llevaría a una vida mejor.

Nadie iba a impedir su pié se moviera, así que, cuando el aire se removió empujado por la maquina, se liberó del brazo y algo extraño pasó.

Con aquel simple gesto no pudo dar el paso… pero él si lo dio.

El tren no pudo parar y lo engulló en un sórdido chirrido de metal contra metal.

Nadie gritó, nadie corrió y se quedó allí temblando, apenas pudo girar la cabeza y vio como el jefe de estación la miraba.

En silencio todavía, volvió a mirar a la vía, una vía sin tren, ni humo, ni ruido, ni gritos.

El jefe de estación recogió del suelo un billete y arrastrando la voz al alzarse le dijo:

–          Se le cayó esto señorita, no lo pierda o no podrá subir…  No le de muchas vueltas, el tren en verdad pasó y él no volverá… estas cosas pasan en esta vieja estación… El próximo tren la llevará casa…Disfrute de su viaje.

David Baldoví

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